OpiniónPOLÍTICA
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
opinion@prensa.com
Me viene a la mente “El Ajedrecista”, aquel artículo de mi autoría que publicó La Prensa en estas mismas páginas hace tres años cuando Juan Carlos Navarro perdió la candidatura presidencial del PRD frente a Balbina Herrera, minada de golpes bajos, intrigas y sobre todo, la subterránea codicia política de quienes detentaban el poder por aquellos tiempos.
Hoy el panorama luce igual de complicado y tal vez un tanto más sombrío. Contrario a lo que algunos comentan, el PRD sí es un partido con rumbo, pero lamentablemente ahora muy equivocado y hasta groseramente satanizado, por cuanto resulta insensato e inexplicable hacer un frente con propósitos tan sórdidos como los de atacar la candidatura de uno de sus propios miembros, y que esa aviesa aventura llamada Tocona haya logrado por arte de magia, unir a adversarios recientes como a los dos expresidentes de la República de ese mismo partido y a todos los demás precandidatos, con la única y honrosa excepción de Javier Martínez Acha.
Más aún por cuanto en lugar de generar un pacto de caballeros cargado de argumentos con ideología política para el bienestar del partido y el de la patria, el respeto a las reglas de juego para escoger a las nuevas autoridades del partido, trazar las condiciones y garantías que deben rodear la elección en el partido y de su candidato a la presidencia de la República, sea justamente un macabro compromiso de conspiradores para cerrarle el paso a unos de sus miembros, todo esto, deja mucho que pensar sobre la calidad de políticos que pueden llegar a dirigir el país, que por decir lo menos, parece un acto de cobardía política.
Desoír o no asistir a una invitación político-partidaria, como la convocada por Juan Carlos Navarro el pasado domingo, puede resultar irrelevante en la decisión de un parroquiano común, pero no en la dirección y alta clase política del partido.
Menos aún con el subterfugio de que ya tenían agendas que cumplir porque no es más que un cuento nimio y vacío, tan trivial como el de que Navarro presentaría su candidatura a secretario general del partido; ambos pretextos no son más que un trance de pasotismo sin sentido. Esto no presume ser una actitud equilibrada ni de búsqueda de la unidad, no obstante, cuando semanas atrás el propio secretario general, el cantalante de la negativa, aprovechó los actos del trigésimo tercer aniversario del partido para plantear su igual aspiración.
Pero es que ahora argumentan que no es sano para el partido que un candidato –entiéndase Navarro- que aspire a la Secretaría General del partido sea también candidato presidencial porque generaría más fricción, y olvidan alegremente que sus dos expresidentes ocuparon activamente esos dos cargos al mismo tiempo.
Pero lo humillante para la militancia, que ve el drama desde la médula del partido, es que todos –los de la supuesta pero evidente maquinación- están hablando de unidad. Balbina Herrera habló de que el partido es un todo, es una sola fuerza, y llama a dejar de lado las ambiciones egoístas que fueron la causa de la reciente derrota; solo le faltó decir, los fracasos obrados por ella misma en el pasado. Otros prefieren matizar la realidad al negar rotundamente que exista una división por cuanto las bases decidirán.
Cierto que las bases decidirán quién ha de ser el ganador de la dirección del partido, quiénes le acompañarán en la directiva, en los demás cargos y quién será su candidato a la Presidencia de la República, entre tanto y para entonces veremos a un gigante que se descalabra. Las huellas de la confabulación de hoy dejarán cicatrices imborrables mañana, porque el llamado a la unidad del partido no es sincero ni es de “corazón”; no coman cuento, es contra Juan Carlos Navarro.
El autor es Ensayista y ex diplomático
martes, 3 de abril de 2012
jueves, 15 de marzo de 2012
Es necesario integrar el país no disociarlo
La Prensa, Panamá, jueves, 15 de marzo de 2012.
Opinión
COMARCAS
Es necesario integrar el país no disociarlo: Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
opinion@prensa.com
Sin imaginar en qué terminarán los diálogos entre los indígenas y el Gobierno nacional voy a dar mis reflexiones sobre el tema, no sobre quién, necesariamente, tiene la razón sino el porqué de los problemas que estamos viviendo.
Pienso radicalmente que las comarcas indígenas, como tal, son una especie de entelequia que está minando la unidad nacional y que muchos, por apoyar o atacar a una de las partes, sensata o inconscientemente, han contribuido con algún leño a la hoguera que ya lleva muchos grados celsius de calor y que da para pensar lo peor.
La falla está, precisamente, en que las comarcas no han contribuido a la integración del país, han colocado los valores a la inversa, tampoco han respondido genuinamente a una división política sino al fraccionamiento étnico que, antes que generar convivencia y lograr identidad nacional, de compartir valores e intereses patrióticos, logra todo lo contrario, disociar y corromper cualquier atisbo de concordia.
Esto ha llevado a los indígenas a una valoración sociológica equivocada, en especial la comunidad ngäbe buglé, más que otras, que de hecho lo estamos comprobando durante estos lamentables episodios, al presentarse como seres humanos distintos al resto de los ciudadanos del país. De igual forma, con la idea de que las comarcas son única y exclusivamente propiedad privada de sus comunidades, una muestra evidente de segregación. Y en ese orden de ideas creen erróneamente que los recursos de sus comarcas –y ahora adyacentes– no son del Estado sino de ellos.
La distorsión es tal que, luego de más de 500 años desde cuando Colón los llamó indígenas de forma nada despectiva, ahora pretenden que se les llame y de hecho se autodescriben “originarios”, como si el resto de los que aquí habitamos hubiésemos caído de la Luna o de algún extraño lugar.
Esta percepción descabellada les hace sentir que pueden decidir la suerte e imponer su ley no solo en sus confines comarcales, sino en todo el país, cerrando calles, vías, cobrando impuestos de paso e ingreso a sus territorios, amedrentando con palos y armas blancas, e impidiendo el desarrollo de sus áreas y del resto de la República. Todo al margen del imperio de ley y de las autoridades legítimas.
Han desenfocado la realidad de los conceptos de desarrollo, educación, integración, bienestar social y económico; exhiben una intolerancia infinita desconociendo, al mismo tiempo, que somos una sola identidad humana y de nación.
Así las cosas, el país no se puede dividir en comarcas raciales, culturales, religiosas o ateas; nosotros tenemos una sola identidad en la que convergemos negros, blancos, mulatos, indios, amarillos, etcétera. Y aunque aquí se quiera decir lo contrario, somos una sociedad integracionista, multirracial, plurirreligiosa y multicultural en la que los valores están tensados por la fuerza de la solidaridad humana, y las exclusiones y vicios de ellas son individuales y marginales, sin ninguna importancia en la vida nacional.
Hay que decirlo, en honor a la verdad, los indígenas de este país no son discriminados. Los que han querido estudiar, hoy son profesionales; los que han querido salir a ocuparse están trabajando y los que han querido integrarse al resto de la comunidad nacional lo han hecho sin ninguna clase de repulsa hacia ellos. Para nadie es extraño verlos pasear, producir, trabajar, estudiar y trashumar por todo el país.
Resulta imposible plantearnos un conflicto social sobre la base de que unos pocos consideran qué se debe hacer con los recursos naturales de todos, incluida la Nación. Y no es una disculpa decir que los indígenas tengan razón en el tema de que se sienten desatendidos, porque el resto del país, también, lo pondera así para sí mismo. Históricamente, las carencias van por detrás de las necesidades, porque mientras las soluciones llegan por las escaleras, los problemas nos rebasan por los ascensores.
Está planteado un diálogo, que no deja de ser el mejor mecanismo para la solución de conflictos, pero aun así, no pueden pretender que sus exigencias, partidas de un planteamiento errado y confuso, pueden estar por encima de la razón, de las autoridades y de la ley; sobre todo, con despropósitos de trancar el desarrollo so pretexto de sofismas absurdos, y que sea la ocasión para que el Gobierno nacional se ponga al día con las necesidades de sus ciudadanos sin excepción.
Los encomiendo a la sabiduría del oráculo para la solución, que deseo no sea otra que la buena suerte del país. @mosadegh53
Opinión
COMARCAS
Es necesario integrar el país no disociarlo: Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
opinion@prensa.com
Sin imaginar en qué terminarán los diálogos entre los indígenas y el Gobierno nacional voy a dar mis reflexiones sobre el tema, no sobre quién, necesariamente, tiene la razón sino el porqué de los problemas que estamos viviendo.
Pienso radicalmente que las comarcas indígenas, como tal, son una especie de entelequia que está minando la unidad nacional y que muchos, por apoyar o atacar a una de las partes, sensata o inconscientemente, han contribuido con algún leño a la hoguera que ya lleva muchos grados celsius de calor y que da para pensar lo peor.
La falla está, precisamente, en que las comarcas no han contribuido a la integración del país, han colocado los valores a la inversa, tampoco han respondido genuinamente a una división política sino al fraccionamiento étnico que, antes que generar convivencia y lograr identidad nacional, de compartir valores e intereses patrióticos, logra todo lo contrario, disociar y corromper cualquier atisbo de concordia.
Esto ha llevado a los indígenas a una valoración sociológica equivocada, en especial la comunidad ngäbe buglé, más que otras, que de hecho lo estamos comprobando durante estos lamentables episodios, al presentarse como seres humanos distintos al resto de los ciudadanos del país. De igual forma, con la idea de que las comarcas son única y exclusivamente propiedad privada de sus comunidades, una muestra evidente de segregación. Y en ese orden de ideas creen erróneamente que los recursos de sus comarcas –y ahora adyacentes– no son del Estado sino de ellos.
La distorsión es tal que, luego de más de 500 años desde cuando Colón los llamó indígenas de forma nada despectiva, ahora pretenden que se les llame y de hecho se autodescriben “originarios”, como si el resto de los que aquí habitamos hubiésemos caído de la Luna o de algún extraño lugar.
Esta percepción descabellada les hace sentir que pueden decidir la suerte e imponer su ley no solo en sus confines comarcales, sino en todo el país, cerrando calles, vías, cobrando impuestos de paso e ingreso a sus territorios, amedrentando con palos y armas blancas, e impidiendo el desarrollo de sus áreas y del resto de la República. Todo al margen del imperio de ley y de las autoridades legítimas.
Han desenfocado la realidad de los conceptos de desarrollo, educación, integración, bienestar social y económico; exhiben una intolerancia infinita desconociendo, al mismo tiempo, que somos una sola identidad humana y de nación.
Así las cosas, el país no se puede dividir en comarcas raciales, culturales, religiosas o ateas; nosotros tenemos una sola identidad en la que convergemos negros, blancos, mulatos, indios, amarillos, etcétera. Y aunque aquí se quiera decir lo contrario, somos una sociedad integracionista, multirracial, plurirreligiosa y multicultural en la que los valores están tensados por la fuerza de la solidaridad humana, y las exclusiones y vicios de ellas son individuales y marginales, sin ninguna importancia en la vida nacional.
Hay que decirlo, en honor a la verdad, los indígenas de este país no son discriminados. Los que han querido estudiar, hoy son profesionales; los que han querido salir a ocuparse están trabajando y los que han querido integrarse al resto de la comunidad nacional lo han hecho sin ninguna clase de repulsa hacia ellos. Para nadie es extraño verlos pasear, producir, trabajar, estudiar y trashumar por todo el país.
Resulta imposible plantearnos un conflicto social sobre la base de que unos pocos consideran qué se debe hacer con los recursos naturales de todos, incluida la Nación. Y no es una disculpa decir que los indígenas tengan razón en el tema de que se sienten desatendidos, porque el resto del país, también, lo pondera así para sí mismo. Históricamente, las carencias van por detrás de las necesidades, porque mientras las soluciones llegan por las escaleras, los problemas nos rebasan por los ascensores.
Está planteado un diálogo, que no deja de ser el mejor mecanismo para la solución de conflictos, pero aun así, no pueden pretender que sus exigencias, partidas de un planteamiento errado y confuso, pueden estar por encima de la razón, de las autoridades y de la ley; sobre todo, con despropósitos de trancar el desarrollo so pretexto de sofismas absurdos, y que sea la ocasión para que el Gobierno nacional se ponga al día con las necesidades de sus ciudadanos sin excepción.
Los encomiendo a la sabiduría del oráculo para la solución, que deseo no sea otra que la buena suerte del país. @mosadegh53
Es necesario integrar el país no disociarlo
La Prensa, jueves, 15 de marzo de 2012.
Opinión
COMARCAS
Es necesario integrar el país no disociarlo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
opinion@prensa.com
Sin imaginar en qué terminarán los diálogos entre los indígenas y el Gobierno nacional voy a dar mis reflexiones sobre el tema, no sobre quién, necesariamente, tiene la razón sino el porqué de los problemas que estamos viviendo.
Pienso radicalmente que las comarcas indígenas, como tal, son una especie de entelequia que está minando la unidad nacional y que muchos, por apoyar o atacar a una de las partes, sensata o inconscientemente, han contribuido con algún leño a la hoguera que ya lleva muchos grados celsius de calor y que da para pensar lo peor.
La falla está, precisamente, en que las comarcas no han contribuido a la integración del país, han colocado los valores a la inversa, tampoco han respondido genuinamente a una división política sino al fraccionamiento étnico que, antes que generar convivencia y lograr identidad nacional, de compartir valores e intereses patrióticos, logra todo lo contrario, disociar y corromper cualquier atisbo de concordia.
Esto ha llevado a los indígenas a una valoración sociológica equivocada, en especial la comunidad ngäbe buglé, más que otras, que de hecho lo estamos comprobando durante estos lamentables episodios, al presentarse como seres humanos distintos al resto de los ciudadanos del país. De igual forma, con la idea de que las comarcas son única y exclusivamente propiedad privada de sus comunidades, una muestra evidente de segregación. Y en ese orden de ideas creen erróneamente que los recursos de sus comarcas –y ahora adyacentes– no son del Estado sino de ellos.
La distorsión es tal que, luego de más de 500 años desde cuando Colón los llamó indígenas de forma nada despectiva, ahora pretenden que se les llame y de hecho se autodescriben “originarios”, como si el resto de los que aquí habitamos hubiésemos caído de la Luna o de algún extraño lugar.
Esta percepción descabellada les hace sentir que pueden decidir la suerte e imponer su ley no solo en sus confines comarcales, sino en todo el país, cerrando calles, vías, cobrando impuestos de paso e ingreso a sus territorios, amedrentando con palos y armas blancas, e impidiendo el desarrollo de sus áreas y del resto de la República. Todo al margen del imperio de ley y de las autoridades legítimas.
Han desenfocado la realidad de los conceptos de desarrollo, educación, integración, bienestar social y económico; exhiben una intolerancia infinita desconociendo, al mismo tiempo, que somos una sola identidad humana y de nación.
Así las cosas, el país no se puede dividir en comarcas raciales, culturales, religiosas o ateas; nosotros tenemos una sola identidad en la que convergemos negros, blancos, mulatos, indios, amarillos, etcétera. Y aunque aquí se quiera decir lo contrario, somos una sociedad integracionista, multirracial, plurirreligiosa y multicultural en la que los valores están tensados por la fuerza de la solidaridad humana, y las exclusiones y vicios de ellas son individuales y marginales, sin ninguna importancia en la vida nacional.
Hay que decirlo, en honor a la verdad, los indígenas de este país no son discriminados. Los que han querido estudiar, hoy son profesionales; los que han querido salir a ocuparse están trabajando y los que han querido integrarse al resto de la comunidad nacional lo han hecho sin ninguna clase de repulsa hacia ellos. Para nadie es extraño verlos pasear, producir, trabajar, estudiar y trashumar por todo el país.
Resulta imposible plantearnos un conflicto social sobre la base de que unos pocos consideran qué se debe hacer con los recursos naturales de todos, incluida la Nación. Y no es una disculpa decir que los indígenas tengan razón en el tema de que se sienten desatendidos, porque el resto del país, también, lo pondera así para sí mismo. Históricamente, las carencias van por detrás de las necesidades, porque mientras las soluciones llegan por las escaleras, los problemas nos rebasan por los ascensores.
Está planteado un diálogo, que no deja de ser el mejor mecanismo para la solución de conflictos, pero aun así, no pueden pretender que sus exigencias, partidas de un planteamiento errado y confuso, pueden estar por encima de la razón, de las autoridades y de la ley; sobre todo, con despropósitos de trancar el desarrollo so pretexto de sofismas absurdos, y que sea la ocasión para que el Gobierno nacional se ponga al día con las necesidades de sus ciudadanos sin excepción.
Los encomiendo a la sabiduría del oráculo para la solución, que deseo no sea otra que la buena suerte del país. @mosadegh53
Opinión
COMARCAS
Es necesario integrar el país no disociarlo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
Guillermo Tatis Grimaldo, hijo
opinion@prensa.com
Sin imaginar en qué terminarán los diálogos entre los indígenas y el Gobierno nacional voy a dar mis reflexiones sobre el tema, no sobre quién, necesariamente, tiene la razón sino el porqué de los problemas que estamos viviendo.
Pienso radicalmente que las comarcas indígenas, como tal, son una especie de entelequia que está minando la unidad nacional y que muchos, por apoyar o atacar a una de las partes, sensata o inconscientemente, han contribuido con algún leño a la hoguera que ya lleva muchos grados celsius de calor y que da para pensar lo peor.
La falla está, precisamente, en que las comarcas no han contribuido a la integración del país, han colocado los valores a la inversa, tampoco han respondido genuinamente a una división política sino al fraccionamiento étnico que, antes que generar convivencia y lograr identidad nacional, de compartir valores e intereses patrióticos, logra todo lo contrario, disociar y corromper cualquier atisbo de concordia.
Esto ha llevado a los indígenas a una valoración sociológica equivocada, en especial la comunidad ngäbe buglé, más que otras, que de hecho lo estamos comprobando durante estos lamentables episodios, al presentarse como seres humanos distintos al resto de los ciudadanos del país. De igual forma, con la idea de que las comarcas son única y exclusivamente propiedad privada de sus comunidades, una muestra evidente de segregación. Y en ese orden de ideas creen erróneamente que los recursos de sus comarcas –y ahora adyacentes– no son del Estado sino de ellos.
La distorsión es tal que, luego de más de 500 años desde cuando Colón los llamó indígenas de forma nada despectiva, ahora pretenden que se les llame y de hecho se autodescriben “originarios”, como si el resto de los que aquí habitamos hubiésemos caído de la Luna o de algún extraño lugar.
Esta percepción descabellada les hace sentir que pueden decidir la suerte e imponer su ley no solo en sus confines comarcales, sino en todo el país, cerrando calles, vías, cobrando impuestos de paso e ingreso a sus territorios, amedrentando con palos y armas blancas, e impidiendo el desarrollo de sus áreas y del resto de la República. Todo al margen del imperio de ley y de las autoridades legítimas.
Han desenfocado la realidad de los conceptos de desarrollo, educación, integración, bienestar social y económico; exhiben una intolerancia infinita desconociendo, al mismo tiempo, que somos una sola identidad humana y de nación.
Así las cosas, el país no se puede dividir en comarcas raciales, culturales, religiosas o ateas; nosotros tenemos una sola identidad en la que convergemos negros, blancos, mulatos, indios, amarillos, etcétera. Y aunque aquí se quiera decir lo contrario, somos una sociedad integracionista, multirracial, plurirreligiosa y multicultural en la que los valores están tensados por la fuerza de la solidaridad humana, y las exclusiones y vicios de ellas son individuales y marginales, sin ninguna importancia en la vida nacional.
Hay que decirlo, en honor a la verdad, los indígenas de este país no son discriminados. Los que han querido estudiar, hoy son profesionales; los que han querido salir a ocuparse están trabajando y los que han querido integrarse al resto de la comunidad nacional lo han hecho sin ninguna clase de repulsa hacia ellos. Para nadie es extraño verlos pasear, producir, trabajar, estudiar y trashumar por todo el país.
Resulta imposible plantearnos un conflicto social sobre la base de que unos pocos consideran qué se debe hacer con los recursos naturales de todos, incluida la Nación. Y no es una disculpa decir que los indígenas tengan razón en el tema de que se sienten desatendidos, porque el resto del país, también, lo pondera así para sí mismo. Históricamente, las carencias van por detrás de las necesidades, porque mientras las soluciones llegan por las escaleras, los problemas nos rebasan por los ascensores.
Está planteado un diálogo, que no deja de ser el mejor mecanismo para la solución de conflictos, pero aun así, no pueden pretender que sus exigencias, partidas de un planteamiento errado y confuso, pueden estar por encima de la razón, de las autoridades y de la ley; sobre todo, con despropósitos de trancar el desarrollo so pretexto de sofismas absurdos, y que sea la ocasión para que el Gobierno nacional se ponga al día con las necesidades de sus ciudadanos sin excepción.
Los encomiendo a la sabiduría del oráculo para la solución, que deseo no sea otra que la buena suerte del país. @mosadegh53
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